20.35 de la tarde, tras terminar ese tedioso último informe que ni siquiera leerá mi supervisor pero que era extraordinariamente urgente, me dispongo a apagar mi ordenador e irme a casa de una buena vez. Son pocos los que quedan en la oficina, Sergio y Jose, charlan distendÃdamente al lado de la máquina del café, la mayorÃa, han salido cual alma que quema el diablo cuando el reloj marcaba las 20.00. Conduzco mi flamante utilitario …
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