Comprendo que el título de este post pueda resultar poco digerible. Otro colega de Comunidad se ha referido a esta cuestión en varios post, y mi única pretensión es desbrozar el término gobernanza e intentar aproximarme a su evidente conexión con la actividad turística.
“Gobernanza”, aunque suene a nuevo y emergente, es un vocablo de muy larga historia, acuñado en los últimos veinte años por las ciencias sociales para referirse a las nuevas formas o modos de gobernar en la compleja sociedad global, en la sociedad de la incertidumbre.
Nuestro diccionario define “gobernanza” como “un arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía”.
Digamos de entrada que en esta década un texto de la Comisión Europea Libro Blanco sobre la Gobernanza Europea, (2001) sirve de magnífica referencia a la hora de desentrañar las claves de la gobernanza.
Cuando hablamos de gobernanza estamos hablando de más calidad de gobierno, de mejores políticas, más democráticas, en la que ya no solo priman los principios de eficacia y de eficiencia, sino que adquieren mayor presencia los principios e instrumentos de participación, de diálogo y confianza entre múltiples actores públicos y sociales.
Por ello, cuando hablamos de gobernanza también nos referimos a buenas prácticas de gestión pública basadas en relaciones y redes diversas de interacción entre las instituciones públicas, los agentes socio-económicos y la sociedad civil, para resolución de problemas comunes. Es decir, a las actuaciones y retos que se presentan y producen en el ámbito “público-privado-civil”. Aquí la nota “novedosa” –no tan novedoso en el pensamiento ciudadano- es el incremento del papel participativo de la sociedad civil, la presencia del capital social.
Para los distintos niveles de gobierno se trata de querer comprometerse y saber organizar adecuadamente un nuevo espacio para la participación público-privada-civil, para compartir diagnósticos, para lograr el mayor y mejor equilibrio e integración de intereses, vislumbrar nuevas oportunidades y para conseguir con decisiones consensuadas el mayor rendimiento posible de dichas interacciones. Y con ello, precisamente se refuerza la legitimidad y función social de la dirección política y administrativa que ya no puede ni debe monopolizar el ámbito de gestión pública, sino que sus iniciativas para que tengan un valor añadido debe compartirlas con otros actores, construyendo los escenarios, las estructuras y procesos de dicha gobernanza.
Otra consideración que nos traslada el concepto de gobernanza es que aquí y ahora ya no podemos hablar de lo público y de lo privado como dos mundos antagónicos y separados. La frontera se difumina a pasos agigantados con la aparición de múltiples arenas para la negociación y el intercambio, para la construcción de consensos. Dice muy acertadamente al respecto Jan Kooiman que, “la clásica distinción de dirigirse al gobierno para solventar los problemas y al sector privado para crear las oportunidades, es un punto de vista inapropiado e ineficaz en las sociedades modernas”. En realidad, y dicho de otra forma, la gobernanza sería una suerte de práctica cívica, en la medida de que el civismo entraña el buen gobierno de nuestra convivencia, pero no desde un centro de autoridad, desde el gobierno, sino por obra y gracia de todos los que participamos en ella. Y ello conduce inevitablemente a considerar que estamos ante un buen método para avanzar hacia desarrollos intrínsecamente sostenibles.
Pero, llegados a este punto, nos preguntamos, ¿tiene realmente sentido práctico la teoría y práctica de la gobernanza en la actividad turística?, y, de inmediato, nos parece que la única respuesta posible debe ser afirmativa.
(Continúa....)

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