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Grupo DESTINOS TURÍSTICOS

Blog del grupo DESTINOS TURÍSTICOS

Vasilica Maria Margalina
Publicado por mvassy el 12 de Octubre de 2010

Hay ciertos lugares en Europa reconocidos como increíbles para el ciclismo. Ámsterdam ha sido desde hace generaciones pro-bicis; en Copenhague dicen que una tercera parte de los trayectos se realizan en bici; en Paris han desarrollado un sistema de alquiler de bicis y hasta el alcalde con el pelo esponjado de Londres, que utiliza la bici para ir a trabajar, intenta mejorar la imagen de la ciudad como el pero lugar de Europa para andar en bici.

No conozco ningún lugar en Europa Central y del Este que sea bike friendly – el coche todavía gobierna en esta parte del mundo – y las bicis son vistas como un medio de transporte para campesinos o excéntricos. En Rumania el consejo típico es “No vaya en bici…los conductores aquí está locos”, y la mayoría de la gente que es un país terrible para andar en bici. Pero, yo he encontrado Rumania, excelente para viajar en bici. No sólo es un placer cruzar cuando el tráfico está paralizado en Bucarest, pero hay una red de pequeñas carreteras rurales que conducen a los pueblos más fascinantes y extraños en Europa, con una población que sigue viviendo de la tierra (en mi país, Reino Unido, sólo el 2% de la población vive en el campo; en Rumania la cifra se acerca al 40%).

La otra ventaja de viajar en bici en Rumania, es que casi nadie lo hace. No está “en el mapa” en el mundo del ciclismo (aunque existe una creciente población de ciclistas de montaña que invaden los principales parques de Bucarest). He oído hablar de carreteras dedicadas a los ciclistas en Republica Checa y en Suiza y la gente ha llegado a pensar que el ciclismo en carretera no es posible o seguro sin un carril bici separado (a pesar de que nadie había oído hablar de un carril bici en los primeros 100 años de historia de la bicicleta.

Rumania es uno de los mejores lugares para realizar largos viajes en bici (excursiones en bici).  Desde el momento en el que abandonas la carretera principal descubres otro mundo – la vida en el campo – un mundo en el que todavía ves gente en las calles (a diferencia de Reino Unido donde los pueblos parecen abandonados) y en cada pueblo da la impresión de que otro drama tiene lugar; con un reparto diferente de personajes, un escenario diferente y una decena de perros corriendo. Algunos pueblos han sido modernizados (destruidos) mientras que otros han guardado su viejo encanto. En Rumania, hay más de 3000 pueblos. Haría falta una vida para explorar todos estos pueblos.

Otro activo importante que Rumania tiene respecto a la bicicleta son los trenes cama. Desde Bucarest puedes coger el tren de noche hacia todas las ciudades lejanas como Cluj, Iasi, Timisoara (y todas las ciudades principales que se encuentran lejos de la capital) y si reservas un vagón cama puedes conseguir dormir bien en una cama de verdad con buenas sábanas de algodón. Yo llamo estos vagones “La Maquina del Tiempo” ya que son un retroceso a cómo solían ser los trenes en la década de 1940 y a pesar de que van a paso de tortuga, suelen salir de Bucarest a una hora tardía decente y llegar temprano en la mañana. Si trabajas en Bucarest puedes salir el viernes por la noche, explorar un rincón remoto de este fascinante país y estar de vuelta a la ciudad el lunes por la mañana. O puedes pasar el fin de semana conduciendo.

Mi viaje me ha llevado a la provincia remota de Botosani, ubicada en el extremo noreste de Rumania, justo en la frontera con (antigua Unión Soviética) Republica Moldavia. Botosani no es uno de esos lugares por el que uno debe atravesar para llegar a alguna parte, se encuentra a final de la línea y está clavado en un rincón de Rumania. También es considerado la provincia más pobre de Rumania y por lo tanto indeseable desde el punto de vista turístico – pero ideales para personas como yo que les gusta ir a lugares que no están invadidas por turistas.

Subirse a un tren cama con la bici tiene siempre un poco de drama y el dialogo por lo general es el siguiente:

“¿Qué tienes allí?”

“Es una bici”

“No puedes subir eso al tren”

“Pero me han dicho que puedo cuando he comprado el billete”

“Esos idiotas de la taquilla”

Y después me quedo allí cerca, con una mirada perdida y confusa (y extranjero) hasta que me dejan subir. Tengo una bici Mountain Touring que se divide por la mitad y viene con dos bolsas negras grandes que le da un aspecto de dos piezas de equipaje más que de bici, y siempre he logrado subirla en trenes, aviones y coches sin tener que recurrir al soborno o la corrupción. (Una vez hasta he subido con ella en un tren cama que iba a Montenegro que ya tenía 5 personas durmiendo en la cabina).

Después de una gran noche de sueño en sábanas de algodón, el acompañante gordo y de mal humor (cada vagón tiene uno) me despertó y dijo “Leorda” – la pequeña estación a la que yo me dirigía. Parecía que toda la población de Leorda, incluyendo media docena de perros callejeros, se había presentado a la estación y hubo caos durante unos minutos – seguido de un silencio total. La gente había venido a esperar a sus amigos del tren, recoger sacos de cosas y a las personas que bajaban; cargaron los carros y se fueron. He sido dejado con las malas hierbas, los perros callejeros y el borracho del pueblo que me miraba con la mirada nublada.

Llegué a la carretera principal y me dirigí a Dorohoi, la segunda ciudad más grande de la zona, una ciudad que una vez fue la capital judía de Rumania (junto con Botosani e Iasi), y ahora está en las noticias, ya que ha sido inundada por el río Siret. Fui al mercado para comprar fruta y queso y fui transportado en el pasado, en los tiempos cuando la gente bromeaba por el mercado, se decían chistes los unos a los otros, y era más curiosa y abierta de lo que es hoy en día. Los campesinos moldavos son ingeniosos, relajados y con tendencia a filosofar, pero se están convirtiendo en una especie rara ya que las fuerzas del mercado les convierte en irrelevantes.

He ido después en bicicleta hasta la pequeña ciudad (¿o es un pueblo grande?) de Slaveni, donde estaba planeando encontrar una casa de huéspedes para pasar la noche. El camino hasta allí me ha llevado casi todo el día porque hay que cruzar toda la provincia. Pensaba que Botosani es una provincia con relieve plano y que cruzarla en bicicleta iba a ser fácil. Me he equivocado en las dos cosas. Es un paisaje que no había visto en ninguna parte; llanuras onduladas. La única forma de describirlo es compararlo con el mar. Si puedes visualizar la forma de las olas – larga, regular pero sin picos – entonces podrás imaginarte la tierra de Botosani, que viene en olas sin fin; colinas seguidas por depresiones seguidas por colinas. Aunque la tierra parecía exuberante y verde, no parecía estar nadie por allí cerca, había muy pocos coches que me molestaban y todo parecía más bien idílico.

Todos los pueblos, aún el más pobre, tienen al menos una tienda. Todos parecen tener los mismos productos suministrados por las multinacionales, pero no tenía ganas de contemplar los males de la globalización, sólo quería algo pegajoso, dulce y mojado, que me saciara la sed y que me diera energía. Pero cada tienda de pueblo tiene algo que no puedes encontrar en la ciudad; personas que están dispuestas a salir y hablar contigo. Todos estaban interesados en mi bicicleta, mi salud y eran increíblemente amables. En una tienda, en un pueblo cerca de un gran lago, veía los compradores que entraban en un garaje. Les he preguntado por qué y me han enseñado un montón de cajas que contenían peces vivos. El dueño de la tienda me ha dicho que les había sacado del lago esa misma mañana y que no podían vivir más de un día sin agua.

No podía creer que en Saveni, la ciudad donde quería pasar la noche no existía una casa de huéspedes. Se supone que es la tercera ciudad más grande de la provincia y no había ningún lugar donde los visitantes puedan quedarse y pasar la noche. Me he pasado un par de horas sintiendo lastima por mi mismo y deseando haberme traído la tienda de acampada y entonces recordé que tenía un amigo que se había mudado a Dubai cuyos padres eran originarios de la zona. Con un par de llamadas he conseguido la dirección y poco más tarde había partido hacia un pueblo cercano donde he sido tratado como un rey.

El día siguiente fue un viaje épico andando en bicicleta por esas olas de tierra y en poco tiempo yo ya había llegado a la frontera con Moldavia. Un enorme lago marca la frontera de unos 30km y me pregunta por qué no había nadie alrededor ¿dónde estaban los turistas en este paisaje virgen con un gran y hermoso lago? No es que me quejaba, ni mucho menos, yo estaba disfrutando del hecho que  la carretera estaba prácticamente vacía (tal vez un coche cada 10 minutos). Unas horas más tardes me he encontrado un chico con un caro lleno de sandías, un buen momento para pararse a comer. Me ha dicho que sus padres se habían mudado en la plantación de sandías para el verano y que vivían en una choza. Yo le di mi navaja y me marché con un vientre que estaba a lleno a punto de rebosar.

El camino desde allí a Botosani fue largo y arduo, pero gratificante. El brillo de satisfacción que uno recibe cuando ha llegado al final del camino es increíble. Pasé por la ciudad gitana de Stefanesti y otro pueblo grande donde daba la impresión que una revuelta estaba teniendo lugar (Paré para echar una mirada y sólo eran unos borrachos que se estaban gritando el una al otro al otro lado de la calle), y el campo y bosque sin fin. Empecé a sudar como un cerdo pero terminé teniendo un frío de demonios. En el momento que me acerqué a la gran prisión a las afueras de Botosani estaba lloviendo a cántaros, pero por suerte tenía un buen impermeable y logré mantenerme seco. Por las noches estaba en el tren de noche de vuelta a Bucarest.

Puedes acceder aquí a las fotos del viaje aquí

 

 Autor del  artículo: Rupert Wolfe Murray 

 Artículo publicado en el blog productive.ro

 Cuenta en Twitter: @wolfemurray

 Traducido al español por Vasilica Maria Margalina Smile

 

 

 

 

 

 

 

Tags: rumania, viajes, destinos
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