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Grupo HUELVA LA LUZ

Blog del grupo HUELVA LA LUZ

Alfonso Vargas Sánchez
Publicado por vargas el 14 de Octubre de 2011

Este post surge como reacción a la lectura de un artículo publicado en el último número (de este mismo mes) de la revista SAVIA. En dicho artículo se relatan determinadas acciones de Responsabilidad Social Corporativa de una importante aerolínea.

Como cliente, ya estamos acostumbrados a hacerle el trabajo a la compañía: nos auto-facturamos, nos auto-expedimos nuestras tarjetas de embarque, nos auto-hacemos casi todo. Ahora, esa “ley” empresarial de que “el cliente hace el trabajo” se traslada a la RSC. Con la “excusa” de buscar la implicación de los clientes en acciones solidarias, pues así estarán más contentos de volar con la susodicha compañía, resulta que el gran mérito es el haber incluido en el proceso de compra online la posibilidad de que el cliente haga una donación para proyectos sociales.  Es como una gran oportunidad que, altruistamente, nos concede la compañía…

¿No será, entonces, que el mérito no es de la empresa, sino de sus clientes? ¿No será que lo que cabría esperar es que la propia empresa fuera la que hiciera las donaciones, sin necesidad de “apropiarse” de las conciencias y haberes de sus usuarios? ¿No sería más propio de una genuina política de RSC asegurar al cliente que del beneficio que deja la venta de un determinado billete una determinada cantidad o porcentaje se destina a tales acciones solidarias? No me parece que ser un mero recaudador de fondos sea suficiente como para mejorar la reputación corporativa. Ya hay otras instancias para recaudar y canalizar las aportaciones solidarias de la ciudadanía.

Existen evidencias científicas que empíricamente acreditan que el concepto que se tenga de la RSC influye en el grado de desarrollo de la misma. La RSC no es sólo acción social, aunque este enfoque filantrópico aún esté muy extendido. Sin dejar de ser positivo este primer paso (mejor eso que nada), el reto es pasar a la denominada RSC estratégica, que va mucho más allá y demanda una ubicación en el organigrama que trascienda el mero marketing.

La comunicación, el diálogo, la conversación con los grupos de interés es necesario, valioso; estimularlos a avanzar en sus respectivas acciones de responsabilidad social también, pero el trabajo, el esfuerzo, lo tenemos que hacer nosotros, no los demás, si ese es realmente nuestro posicionamiento ético. Con las grandes compañías hay que tener una mayor exigencia, no sólo porque sus impactos y externalidades son mayores, sino porque sirven de referencia a muchas otras: en todas las industrias existen líderes y seguidores y, por ello, la presión mimética cuenta e incide en la configuración del sector en una determinada materia.

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